Subí las
escaleras como todos los días, las escaleras, de tramos a izquierdas y a
derechas de cinco en cinco escalones, como todos los días, era un empinado laberinto que discurría en zigzag
entre una pared blanca con granitos de gotéele y la barandilla de hierro con un
pasamanos de oscura madera. La última parada es en el
siguiente descansillo, a dos pasos más
está la puerta de mi vivienda. Suelo pararme ahí y mirar al tragaluz de cristal,
que pone techo a aquel laberinto empinado, para ver unas veces las nubes y
otras las estrella. Hay días en que ni las estrellas ni las nubes, sino lo que
se ve enmarcada tras el cristal, es la oscura soledad.
La soledad del alma, la
soledad del solo corazón o del corazón solo, la soledad de las manos, una en el
bolsillo del abrigo y la otra, acariciando, sin ser consciente de ello, al
pasamano oscuro que también parecía solo en su soledad oscura. Como todos los
días saco del bolsillo izquierdo de la chaqueta el paquete de cigarrillos, lo
abro, miro y cuento los que quedan, me digo: “bueno pues con cinco tengo que
aguantar hasta mañana”. Mentalmente doy a cada cigarrillo un lugar en el
espacio y en el tiempo: uno ahora, el segundo antes de cenar, el tercero antes
de irme a la cama y los otros dos los dejo por si la madrugada se presenta fría
o tan caliente que después de amarme necesito del humo para calmarme y
reconciliarme con el sueño. Tras
encender el cigarrillo de ahora, levanto la mirada y tras el hueco acristalado
descubro una luminosa oscuridad moteada de estrellas que parecen tiritar de
frío. Miro las estrellas… Algo llama mi atención: un ligero e
inusual resplandor seguido por una sombra de niebla que por un instante quitó
brillo a la oscuridad. En el pecho el corazón
latió fuerte y un leve escalofrío ahogó cualquier pensamiento y todo mi
cuerpo. Pestañeé repetidamente y vi como el humo del cigarrillo era una
enredadera gris y blanquecina que haciendo bucles y rizos sube y baja, es una
yedra de humareda que crece y cambia de forma a cada instante, esa distracción,
la del humo del cigarrillo, no pudo evitar que tras el sobresalto, volviese a
fijar la mirada y la intención en aquel cuadro hueco que parecía ser la puerta
al infinito y, que de momento,. solo era una ventana por la que cada noche
dejaba escapar parte del cansancio acumulado, la mitad de las ilusiones que no
se realizaron, cien de los buenos propósitos que se quedaron en simples
propósitos, y, todos los sueños que no me había atrevido a soñar por miedo a que
ocuparan el tiempo que debía dedicar a otros menesteres, a esos menesteres que
suelen ser menesterosos. Esta noche el cigarrillo parece durar más de la cuenta, su alma de humo no alza el vuelo ni toma altura, más bien se deja caer, se desliza por el oscuro pasamano como si fuese una culebra trasparente, arrastrándose por el borde del escalón hasta esconderse detrás del tiesto de la triste maceta, mausoleo de las colillas de mis cigarros. Me quedo inmóvil, la ceniza no cae al suelo, vuelvo a golpear la colilla y la yedra de humo, como una enredadera seca, va desde el suelo ascendiendo hacia la nada de aquella sola soledad que se trasparenta como el humo del calor, la flama que asciende y cuando llega al horizonte se convierte en espejismo. Estoy solo y esta noche en mi cajetilla de tabaco solo hay un cigarrillo. Difícil amanecer.

