jueves, 23 de julio de 2026

TRES CUENTOS QUE CUANDO LOS LEES DEJAN DE SERLO...Y UNA ORACIÓN RADICAL.

 LA ECHADORA DE CARTAS.


... Cuentan que en Usagre, que siempre fue pueblo de brujas, sibilas y veedoras, había una "echadora de cartas" que, cada cierto tiempo se dejaba ver por la plaza o por alguna esquina de la calle Llerena. Se contaba que en su casa convivía con extraños pájaros, garzas zancudas con plumas rizadas y de muchos colorines y gatos adiestrados en el arte del disimulo, lo mismo cazaban ratones que a vecinos y forasteros para que su dueña -"la echadora de cartas"- pudiera vivir cómoda y tranquila, adornándose la frente con flores de loto y bebiendo té importado... Cuentan... cuento que...

Estaba en la esquina, justo debajo del letrero luminoso que encendía y apagaba sin descanso una cruz verde. Me pareció que esperaba a alguien, quizás a alguna vecina que aún no había sido despachada en la farmacia. Me miró. Aquella mirada me inquietó, interiormente una especie de escalofrío me subió desde el ombligo hasta la garganta... Tragué saliva sin dejar de pensar en aquella mirada. No sé a cuento de que decidí cambiar de rumbo y comencé a subir la calle Nueva en vez de dirigirme hacia la calle Conejo.


A la altura de la  antigua tienda de Narci, donde te hacen una fotocopia en blanco y negro o en color,  o te venden un ramillete de rosas falsas, de esas que no huelen y no se marchitan y son especiales para cementerios, o te recomiendan una bobina de hilo negro de esas de mil metros o mas, o te encargan un marco de madera -con cristal y todo- para encerrar en él la foto -la imagen muerta y disecada- de una novia, novio, de un marido, de una viuda, de una abuela o de un primo que vive en Alemania. Decía que a a altura del antiguo comercio de Narci volví la cabeza, mi curiosidad así me lo ordenó y yo obedecí, y allí estaba, mirándome a la nuca, siguiendo mis pasos, sin casi pestañear y -por si fuera poco- sonriendo, sí, sonriendo como una echadora de cartas cuando vuelve la ultima del montón y sale el as de oro.
Continué calle arriba y a la altura de la casa de Loli Berzal, vecina y hasta cuidadora en sus últimos meses de vida de mi recordada tia Micaela. "la dama de los jazmines" me gustaba llamarla, en su casa no había otro olor que no fuera el del aroma dulzón y empalagoso del jazmín. Decía que... ya mediada la calle detuve mis paso y volví nuevamente a mirar hacia atrás, como supuse, allí estaba. Unos pasos mas cerca que la vez anterior. Continuaba con los ojos fijos en mi y su sonrisa -entre inocente y picarona- que parecía invitarme a que esta vez fuera yo quien diera la vuelta a la ultima carta del montón. La echadora de cartas extendió su brazo y en la palma de su mano un manojo de naipes dados la vuelta esperaban  que mis dedos levantara el último del montón... "el as de espadas". La extraña mujer se inquietó y un sobresalto invadió todo su cuerpo, yo lo pude notar porque su mano se contrajo y agarro con fuerza el mazo de cartas, sin duda aquella baraja no estaba bien barajada o se había declarado en rebeldía ante su dueña.
Decidí preguntar la razón por la que me estaba siguiendo y el porque de aquel extraño comportamiento. No tuve tiempo, la echadora de cartas dio media vuelta y casi arrastrando sus chancletas -a toda prisa- enfiló calle abajo. Yo me detuve, quise ver donde se detendría. Y sí, allí se detuvo en la esquina de la farmacia. posiblemente a la espera de algún incauto -como yo- que preocupado por su salud necesitara más de la consulta de un adivino que de un médico. 

Primero el "as" de oro, y después el "as" de espadas... De lo bueno a lo malo... Ya decía yo que me dolía mucho la cabeza.



CUANDO VUELVAN LOS ÁNGELES.


Los Ángeles se fueron hace tiempo, ribera abajo llegaron a Tagareta, y entre la flor de los guindos y de los cerezos desaparecieron. Eran tiempo de agua fresca, limpia y saltarina que jugando entre el mastranto, la zandaula y los juncos seguía su cauce... Luego llegó el alperchín de los molinos de aceite, luego el depurado sin depurar de la depuradora... La sequía, la falta "de miras" de previsión y de conservación de un entorno que durante generaciones ha sido "el pan nuestro de cada día" de muchas familias que vivían del pimiento, del tomate, de la lechuga, del melocotón, de la alberchigas... las huertas se fueron convirtiendo en olivar, en establos para ovejas y zahurdas de cerdos. dy por último la "séptima plaga!: El silencio, el silencio mas callado y más cómplice de todos los silencios... el de la autoridad que se dejó secar la fuente de Tagareta y quitó nogales para que pasaran las cosechadoras... 

Cuando vuelvan los Ángeles algunos  vendrán montados a caballo, otros volando, desplegando sus alas de aire azul y verde, dibujando crisoles como los de las vidrieras de las viejas catedrales .


Hay quien dice que traerán las manos prendidas de fuego y que lo lanzarán contra los pecados de los pecadores con más pecados.
Vendrán volando y serán los campanarios y las torres sus castillos y sus palacios, dicen que desde allí ordenarán a la luna empalidecer su brillo y al sol nublarse con sedas rojas y doradas. 
Otros vendrán vestidos con traje de demonio, con cuernos de cristales y se adornaran con coronas de laurel y flor de almendro. Estos pasaran inadvertidos, sin ser vistos por ningún vecino ni por ningún bebedor de anís, se asomaran a través de la ventana del Bar de Rubio o del Bar de la Cantamora  para ver que por uno de los cuatro caños de la fuente sale menos agua. Son Ángeles que de tan curiosos les ha brotado plumas de plata en las palmas de los pies.
A Usagre los Ángeles venideros llegarán del pueblo que hay "de la vía pa ya"... porque en el campanario de su Iglesia y en el Camarín de la Virgen de los Milagros no caben más. Traerán lápices de colores para dibujar una sonrisa a la Virgen de la Cruz, y a poner en su carne -de piedra fría- el calor que una madre da a su hijo cuando lo lleva en brazos. Hasta dicen que uno de ellos, el que como jefe da las ordenes y está vestido con encajes blancos y enaguas de seda azul mar, trae una cruz dorada, hecha con filigranas en las fraguas del cielo para adornar al campanario de la ermita que, hoy por hoy está huérfano de cruz.
Cuando vuelvan los Ángeles algunos vendrán montados a caballo, otros volando... !Como los Ángeles¡ 

LA PERLA DE USAGRE. 


Las malas lenguas dicen que todo fue un montaje y una fábula inventada por un Cronista de la Villa, ya fallecido. Yo no creo que Pepito Larrey inventara nada, más bien creo que lo rescató, lo recuperó lo enriqueció y lo expuso para que el pueblo digno, magnánimo, sabio y soberano de Usagre, se sirviera de esta leyenda. Fuese como fuese podemos presumir que tenemos leyenda... lo de puente romano en fin... No es tan seguro. 


Una joven mujer, una bella doncella, una adolescente alta rubia y de ojos encendidos como el azul del agua del mar y cola de escamas de plata y relámpagos de tormenta, se pasea por la ribera. Va y viene a un manantial, a las madres del agua, que por hacer un puente para que pasaran los tractores y las maquinas de cosechar de cuatro aprendices de señorito, se la cargaron. Por lo menos ya no es lo que era, y la Luná, si, con acento en la "a", de manantial fresco vivo y generoso se ha quedado en fuente enmarcada por cuatro hileras de ladrillos antiguos por donde la tierra -de vez en cuando- "escupe un chorrito de agua".

!Es que no lleve!...
!Es que no lleve lo suficiente!...
!Es que con la cantidad de pozos y sondeos que se han hecho para regar arboles que nunca se han regado -los olivos- como para haya agua de sobra y que la tierra la vomite a  borbollonees!


Pues sí, allí dicen que estaba la casa de la Cantamora. Estaba, digo, porque ha sido desahuciada, se ha negado a pagar su canon de agua. Ya -en la noche de San Blas- no sale y se hace la encontradiza con los jóvenes para asustarlos, ni mete miedo a los niños asomándose a los brocales de los pozos en los corrales... Las mocitas que buscan amoríos no se resbalan sentadas sobre un pañuelo sobre la piedra resbaladiza, que dicen que es el tejado de su casa. La pobre Cantamora es cada vez más leyenda olvidada que sirena encantada y encantadora que ata, cose, une la historia a la tradición y a la fantasía, y se aparece en los sueños de jóvenes y mayores... Nuestro nietos, seguramente, cuando oigan -por casualidad- el nombre de "La Cantamora" pensaran que es el nombre de un grupo de música de los años sesenta. Para intentar que no pase esto le han puesto una estatua, en ella, está favorecida.
La Cantamora tiene una perla, una perla escondida entre sus dos pechos, una perla de agua, como un  grano de granada. Una perla de nácar y aire, de hierba buena de la rivera y piedra de pizarra de los caminos. La Cantamora tiene un tesoro, una perla hecha con el polvo de alguna estrella caída o con el humo de cien volcanes muertos. 
¡Ah, si yo hubiera sabido que la muerte es un país donde no se puede vivir!...  ¡No me hubiese dejado llevar por el agua del manantial, ni por el amor del joven cristiano que me pretendía, ni por el tesoro con el que Alá premia a las mocitas vírgenes!... Así se queja la Cantamora, en silencio, así, con la boca cerrada y los labios abrochados con botones invisibles cosidos con hilos de agua y de aire. 
La Cantamora tiene una perla que solo la ven los enamorados en la noche de San Blás, claro... si es que nacisteis en Usagre, si no... nunca la verás.




Oración de mi yo radical.

Hay momentos en los que las palabras se caen de los labios. A mí me sucede cuando cierro los ojos y me traslado a la ribera y me arropo con la sombra  siempre apetecible de la higuera o del  noble  algarrobo. Allí  me entretengo en perseguir a la mañana que pasea por los caminos polvorientos, o en dar caza a la tarde. La tarde es el pedestal de la noche, sostiene la luz oscura, a la ausencia de luz, al brillo temblón de las estrellas, al esplendor de la luna cuando está de buen humor.  La tarde es, desde mi manera de ver las cosas y los acontecimientos, donde comienza la vida y se inauguran los sentimientos, las emociones, los sueños, las alegrías y el antes y el después de la vida.
Gracias Padre Dios, gracias María Madre. Agradecido Hermano Jesús porque vuestra presencia en lo que me rodea me hace sentir acompañado y protegido cuando me quedo solo en la huerta de "El Pajarero"
 Amén.

lunes, 13 de julio de 2026

PAGANDO UNA DEUDA. (ESPERANZA, PAJARERA Y HORTELANA)

    


     Me contaste que una noche te visitaron los argeles, que te rodearon con su olor a rosa blanca y colgaron en la pared, la del cabecero de tu cama, un cuadro de una niña que dormía abrazaba a una muñeca, un ángel, con las alas plegadas, vestido del color de la niebla, su rostro de infinita paz sugiere que está protegiendo de todo mal a la niña y a su muñeca. Me contabas tantas historias en aquellas siestas interminables de verano, todo para que no me fuese a pasar calor jugando en la orilla de la Rivera.

      ¡Qué recuerdos tía Esperanza!

    ¡Luis sujeta bien la burra que me voy a montar... que me voy ya... que son las tres y media de la madrugá y Bienvenida no está tan cerca como parece!  

     La burra cargada con un serón de esparto cosido con cuerdas de guitas,  en él las cestas grandes de mimbre rebosando de tomates rojos como la boca del diablo, de pepinos verdes, cebollas frescas que huelen a tierra y agua, lechugas tiernas, manojillos de perejil y ramos de laurel. En otras cestas hechas con cañas y ramones de olivo, algunas brevas, peritas de San Juan, alberchigas, albarillos y melocotones. 

    La madrugada era la manta en la que Esperanza se acurrucaba. En verano los caminos estaban contentos, mas gente iba y venía por ellos aunque fuese madrugada y las estrellas parecían jugar al escondite. En Invierno era el susurro del lobo el que se escondía entre los olivares entre el Ventorro y la estación del tren. El camino era largo, casi quince quilómetros hasta llegar a la puerta del mercado, elegir puesto entre los que quedaban libres y descargar las cestas para enseñar y vender lo que la tierra de la huerta, el agua de la rivera y el esfuerzo de Luis parían cada día, cada noche... cada hora. Algunas madrugadas no hacia el camino sola, se unía a algún vecino hortelano que llevaba el mismo camino y el mismo encargo: hacer una buena venta. Era entonces cuando el viaje se convertía en procesión y el miedo se disipaba. Ademas de la charla propia de: ¿Tú qué llevas hoy para vender...? o la respuesta: llevo unos patatas blancas buenísimas, se intimaba, se contaban preocupaciones y hasta se rezaba por alguien que sabían que lo estaba pasando mal. Las estrella ponían la hora en el cielo y la luna cernía la luz para que la burra no tropezara.

    A la vuelta, sobre las dos de la tarde, la silueta de esperanza se recortaba bajando la cuesta del Molino Viento. Impaciente esperaba que cruzara las cancillas de la huerta. Me esperaba a que el tío Luis descargara de los serones las cestas con las cuatro lechugas que no se habían vendido. Luego, Nina,  sacaba de taleguilla blanca del pan un chupa-chup, algún caramelo o una perrunilla... No necesitaba preguntar si me traía algo, sabía la respuesta pero no el qué y eso me causaba una sensación agradable que, al menos dos o tres días a la semana, me gustaba sentir.

    Luis no sabía hacer otra cosa más que cultivar la tierra, hacer cestos con mimbre fresca y esperar a Esperanza cada día que iba a vender a Bienvenida. Fue un hombre bueno, siempre al lado de Esperanza como si se tratase de su sombra. Tuvieron un hijo que los mismos ángeles, los que le trajeron el cuadro de la niña dormida, se llevaron antes de que empezara a respirar.  

  No, los ángeles no son malos... solo obedecen. 

   

    Recuerdo que, de vez en cuando con la llama de aceite del candil, prendías una ramita de palo santo o de romero y el humo gateaba por las esquinas y los rincones de la pared, subía y bajaba, se extendía por el techo, se colgaba de las puntas clavadas en los maderos y que sirven para colgar la chacina de la matanza. Aquel humo era sanador y mágico, me contabas que aquel olor era el mismo que traían pegado en su ropa los ángeles, y que en el cielo hasta la madera de los chopos huele a Dios. 

En tu casa era el olor de los melocotones frescos y el de la maceta de albahaca el que volaba  cuando entraba  el aire fresco por el postigo de la puerta del corral y, jugando jugando, hacía que se  meciesen  las cortinas, sí, esas que ni son azules ni grises y llevan don rayas blancas por abajo. Seguro que las compró en Bienvenida después de una buena venta.

    !Ven que me vas a ayudar!... Y bajabas del doblado una vieja cruz de palo. Le sacudías las telas de araña, ponía bien la tela blanca con la que estaba envuelta su madera y hacías hueco en la alacena para colocarla en el centro. Era tu cruz de mayo. A los lados dos vasos altos de cristal hacían la veces de floreros y en ellos el agua, con unas gotitas de limón cuando lo había, servía de alimento a ramilletes de lilas, paraisos blancos y  flores de celinda. Procurabas que la vela encendida se mantuviera así durante todo el mes de mayo. Alguna tarde de ese mes me cogías de la mano y vereda adelante llegábamos a la huerta de Maria Dolores "la llerisca". Ella dedicaba, en vez de una alacena, una habitación entera para poner la cruz. en aquella casa no olía a palo santo pero sí a hinojos fresco y mastranto recién cortado en la orilla de la rivera. Se le rezaba a cruz y después, ya entrada la tarde, los hombres bebían una botella de vino que, a quien le tocara,  compraba en casa de mi abuelo Fulgencio. Se hablaba de las cosas del campo, de la huerta y de sus gentes... entre ellos se paseaban, sin que lo notasen, los ángeles con su olor a palo santo.

    Gotitas de agua, gotitas de rocío, lágrima de ángel triste revoloteando alrededor de Esperanza.

  Sentada debajo del nogal, el de su huerta, el que tiene ramas que estorban el paso de tractores y cosechadoras y que terminaran arrancado, arrancado como Esperanza de la tierra de su huerta, de la orilla de la rivera, de un Tagareta cada vez con menos árboles y mas berros. 

    !Madre déjame pensar! !Hermano Fulgencio llévame en tu carro por las viñas del Raposo! 

    !Nina, Nina!... !He oido cantar a un grillo real al dado de aquel jaramago!

 
    -Ya sabes lo que tienes que hacer: Te acerca muy despacio, los pasos muy corto y vas descansando en cada uno. Vas intentando con la mirada localizar el lugar de donde sale el canto. Te vas acercando y cuando deje de cantar comienzas a buscar la casa del grillo-. Algunas veces tardaba un buen rato en localizar el agujerito redondo en la tierra, al lado de una piedra o debajo de alguna planta de zandaula. Iba metiendo muy despacio el tallo liso y fino de algún junco, o hecha un chorrito de agua. El grillo saldrá de su escondite y nervioso va a correr entre las hierbas o el pasto, hay que ser muy rápido para pillarlo antes de perderlo de vista. Lo coges y lo encierras en la palma de tus manos, lo mantienes un rato para que el grillo te conozca y después ya puedes, con tranquilidad y sin nervios, ver si es macho o hembra, si es un grillo real o no... después lo pones en la grillera y le das una hoja fresca de lechuga, al rato lo tendrás cantando de alegría-.

    Ya no hablas sola, ni a solas. Ahora hablas para ti. Te ríes de lo que te da la gana y haces bien.  Te vuelves a sentar donde estuvo el nogal, o donde está el moral de Fulgencio, y sueñas despierta, imaginas las oropendolas negras y amarillas yendo y viniendo con yerba buena en sus picos, a ruiseñores mudos, a jilgueritos en sus nidos,  y a tus cuatro gallinas las convierte en pavos reales.  


    El susurro de los ángeles revolotea entre el negro de tu pañuelo de cabeza y el blanco de tus sábanas. No llores. Luis está a tu lado y tu hijo es el ángel que cuida el sueño de la niña y la muñeca dibujada en tu cuadro de cabecera.

    !!Te lo debía tia Esperanza!!

lunes, 28 de abril de 2025

LIBELULAS EN EL ESPEJO ---- dos ---

    Santos compró una cajetilla de cigarros y volvía a casa quitando el papel celofán en el que viene envuelta, quizás para con él envolver todos esos recuerdos, esperando que de esta manera los jazmines no se marchiten, su olor sea el de la Señora Micaela y su color el verde pensamiento de Arturito.
Un cigarrillo en la mecedora y la tapa de cartón de la caja de zapatos, sin dudas les ayudarán a pasar lo que queda de tarde. Estando de luto no le parecía prudente poner la radio o escuchar música, se entretuvo pensando que el humo de sus cigarrillos buscaban escondites nuevos entre los pliegues de la cortina o de los visillos para, como él, pasar desapercibido cuando sale a dar algún paseo nocturno por el parque de Zafra o por el aparcamiento de la plaza de toros de Almendralejo.

    Cuando se cansa de estos pensamiento, que considera pecaminosos porque le sugieren emociones que pudieran terminar en "amor consigo mismo", recurre al recuerdo de viajes, de paisajes, de estaciones de tren, de aeropuertos... Siempre comienza recordando el viaje que hizo a Budapest, como en el trayecto del aeropuerto al hotel se sintió defraudado, aquel entorno, los edificios rancios, más que viejos o antiguos abandonados, como dejados allí a su suerte en las calles. Después, a medida que se adentró en la ciudad, fue descubriendo la belleza del lugar y no le quedó otra que cambiar su opinión respecto al lugar. Recuerda que cuando fue a Buda le fascinó tener que cruzar el Danubio, un Danubio que no era azul sino de aguas revueltas y quizás contaminadas por los numerosos barcos que se dedican a realizar pequeños cruceros enseñando lo monumental del sitio. Cuando llegó, curiosamente, lo que mas le impresionó fue el olor, era primavera y el aire dejaba en el ambiente un penetrante y sugerente perfume a lilas. Las orillas de la carretera que sube, o que baja, desde la Plaza de la Santísima Trinidad hasta la orilla del rio, esta poblada de lilos, altos, frondosos y en esa época salpicados de flores azules, que huelen a señora mayor, a ambientador de iglesia , es un perfume tierno que evoca al olor a valle y a sábana guardada en el cajón de madera de antiguas cómodas. Pest no olía a lilo en flor, olía a especias: a clavos de olor, a pimienta de Sichuán, a cúrcuma, a comino, a cardamomo y a la carne sin vida de mil kebabs. Sin dudas la tarde, larga como el mismísimo Danubio, daba para ensoñaciones, resucitar recuerdos y hasta para alguna cabezadita.

    Tarde o temprano, tenía que ponerse al día de las cuentas familiares y saber de qué rentas y patrimonio dispone y así hacer planes de futuro realistas. Esto le preocupaba, aún así, decidió dejó pasar unos días para abrir la caja fuerte y sacar todos los documentos y sentarse en la mesa del despacho a enfrentarse a las distintas carpetas, “a los papeles importantes”, como diría su difunta madre.

    Sobre las nueve de la tarde comenzó a asearse: una buena ducha fresca, un afeitado con la maquinilla eléctrica, un poco de desodorante… calzoncillos limpios, pantalón vaquero de marca y camisa bien planchada, de manga larga, perfume sin escasez y... listo. Preparado como a su madre le gustaba. Antes de irse siempre daba una vuelta por la casa asegurándose de que las luces del primer piso y las de la planta baja, estuvieran apagadas, que el calentador del agua y los mandos de la cocina de gas también estaban en off. Bajó las persianas de las ventanas que dan a la calle y se sentó a esperar a que fuesen las diez, a esa hora había quedado con Antonio. Vive en la misma calle, antes de llegar a la esquina donde comienza el atrio de la Iglesia, es de los pocos hombres de confianza de su madre. Trabajaba para la familia desde hacía muchos años. Es el capataz que ordena las labores agrícolas, buscaba y contrataba a los jornaleros, les paga, supervisa los trabajos y decide lo que en cada momento se precisa para sacar adelante el cereal sembrado o las aceitunas por coger. A Santos, como a su difunto padre, no le gusta conducir, siempre anda buscándose medio de transporte ajeno. Tiene coche pero solo conduce cuando es totalmente imprescindible o se deslaza a algún lugar con el que no quiere que se le relacione... Se irá con él a Zafra, Antonio va a visitar a su hija y a estar un rato con sus nietos.

   A Santos, aunque estaba aún de luto, le apetecía darse un paseo por el parque, o ver escaparates en la Calle Sevilla y tomar una copa en algún bar, y si tenía la suerte de disfrutar en algún encuentro inesperado… mejor que mejor. Pensó en pasar la noche en el pisito que sus padres tienen, y que ahora era suyo, en La Plaza Chica y por la mañana, o al medio día, volver al pueblo en autobús.

    Despertó aturdido, sentía la cabeza muy pesada, y el ánimo resacoso como si hubiese bebido, pero no recordaba si había abusado de la cerveza o había tomado alguna copa demás. Pensó que no era normal, nunca había sentido el ardor del alcohol bajando y subiendo entre su piel y su carne. Miró alrededor, después fijó su mirada en la cama. Había sangre en la colcha y en las sábanas, también estaba manchado de rojo el cable blanco de la lamparita de noche que sobre la mesilla ponía luz en la alcoba. Se giró repentinamente como quien recibe un aviso o un gesto para que mire a un lugar determinado. Vio entre la cama y la pared, tendido en el suelo el cuerpo de un hombre. Tumbado, encogido, abrazando a uno de los cojines blancos que adornan la cama cuando está estirada y recién hecha esperando a descansar al cansancio o despertar al sueño.

    Se llama Luis, estaba seguro, pero no recuerda por qué conoce su nombre. Tenía la razón des colocada y, en sus recuerdos no encontraba respuestas a las preguntas que, aturullada mente se hacía mentalmente.

    No lo entiende, no es posible, nada le es familiar. Aquel dormitorio, la habitación no es la suya. Fue un segundo, el tiempo suficiente para desear encontrarse lejos de aquel lugar. Estaba entumecido, medio asfixiado por la falta de aire, la ventana de la habitación era pequeña y estaba cerrada. Por su cabeza la sangre circulaba demasiado despacio, como si arrastrara el saco de “los gamusinos”. Quería salir de la habitación, lo deseaba como no recordaba haber deseado antes algo. Fue solo un instante, pero sintió aquel deseo con todo su cuerpo.

    Sobresaltado tiró del embozo de las sábanas hacia un lado y se incorporó agitando la cabeza de un lado a otro. Respiró profundamente, el calor del aire perdió el poco de humedad que escondía y al llegar a su garganta sintió una sequedad profunda, amarilla y muerta, como si hubiese pasado la noche en el desierto. Apoyó los dos pies en el suelo casi a la vez, las baldosas destilaban un bochorno frío, tan gélido, o tan caliente, como el mismísimo umbral de la puerta del infierno. Aquella sensación le hizo, nuevamente, coger aire antes de enderezar las piernas. Una especie de calambre, furtivo y cauteloso, se extendió por sus extremidades y le subió por la espalda hasta la nuca. Con rapidez tiró de la camisa que colgaba entre la cama y el suelo, la aproximó hasta su nariz para olerla, cerró los ojos y un sinfín de aromas enturbian aún más sus pensamientos. Sí, estaba seguro, quien estaba en el suelo, acurrucado y lleno de sangre entre la cama y la pared se llamaba Luis..

    一 Sí, si, sí… me lo dijo en el bar donde le conocí. Recordó.

Santos no es un hombre que esté acostumbrado a tratar con mucha gente, y menos con desconocidos, su prudencia incluso le hacía perder oportunidades de pasar algunos ratos de ocio y sexo con otros.

    一 ¡Hola!... soy Luis.




----------------- continuará.

domingo, 13 de abril de 2025

"LIBÉLULAS EN EL ESPEJO". Un nuevo reto.

UNO

    Los días de verano se van disipando aunque hoy las chicharras no callan, son invisibles como los ángeles, pero el runrún con el que siembran el aire no es, precisamente, ni  divino ni celestial. A esta hora -las cuatro de la tarde-  por la calle ni un alma; quieras o no, la vigilia adormila, y un aire calentón y sofocante se adueña de los visillos de las ventanas haciendo que bailen con el más mínimo soplo, aunque les llegue desde la tapa de cartón de una caja de zapatos que,  Santos, agita de izquierda a derecha y de derecha a izquierda delante de su cara. Está sentado en la mecedora  en la que su madre se balanceaba durante las horas de la siesta. Ella nunca disfrutaba de esos sueños golosos en la cama, posiblemente  para evitar tener que recomponerla después. El clima, la costumbre y tal vez la desocupación, hacen preceptivo ese descanso, y más, mucho más, en los meses de verano.  

    一 ¡Las moscas en verano que pesadas son! Van y vienen, entran y salen, importunan, incomodan, incordian. ¡Qué animales tan inútiles! ¿Para qué sirven las moscas si no es para molestar e incordiar, para sacar de mí el mal humor?  Pensaba Santos mientras movía, con más ímpetu, el abanico improvisado de cartón. En varias ocasiones hizo el intento de no solo espantar a los insectos,  sino en adivinar su vuelo para que  chocaran con el cartón y cayeran al suelo para después rematarlas con un pisotón.

    No hay nadie fuera de su casa. Un silencio de camposanto que  parece inmolarse en el atrio de la iglesia y baja por la calle disfrazado de olor a ciprés o a crisantemo blanco. 

    El recuerdo de Doña Fermina Jara, su madre,  le asalta una y otra vez avivando en él un desamparo que le parece injusto. Aquella evocación es interrumpida: una, dos, tres... Eran campanadas broncas, desafinadas, un lamento de metal destemplado que  flota en lo más alto de la espadaña de la iglesia.  Alguien, como una sombra  escapa de su purgatorio para refugiarse en la penitencia de subir hasta lo más alto del campanario y aferrándose al badajo de las campanas,  las toca,  las estallas, las hace hablar.,  No es toque de misa,  están doblando, visan de la muerte de algún vecino.  Es Hipólito, el sacristán, quien hace que las campanas hagan trizas al silencio de la siesta. Se hizo “chupacirios” al jubilarse del comercio de lencería, mercería, perfumería… que regentó toda su vida, y como por aquel entonces, en la iglesia no había ni sacristán ni sacristana que ayudase al sr. cura se ofreció el. De esta forma ocuparía los tantos y tantos ratos ociosos que trae consigo la jubilación. En la Iglesia que, con la advocación de Virgen de Gracia, no puede presumir de imagen a la que el pueblo  venere, adore o celebre. Es una virgen, con su niño en brazos, pintada en unos azulejos, situados en una de las esquinas del templo.  Seguramente por estar a la intemperie hace que esté quieta, como metida a la fuerza  debajo de un tejadillo y en una  hornacina que le viene chica. Parece estar y no estar, como en un intento de pasar desapercibida, quizás para no verse en la necesidad de atender a alguna petición distraída de cualquier beata despistada. Dentro del templo una imagen de una Inmaculada Concepción de María la han reconvertido y ahora le rezan dirigiéndose a ella como Virgen de Gracia. Estas cosas solo pasan en este pueblo que ni a su santo patrón, San Lucas, sacan a procesionar, lo tienen aparcado, junto a la cabeza de toro que lo representa, en el retablo.

    一 ¡Qué tonterías se piensan cuando  no se tiene nada que hacer!  Se dijo Santos que continuaba agitando el cartón, robándole al aire su movimiento, su soplo y la poca frescura que su aire esparcía en la salita de estar.

     Por la calle ni un alma, solo Santos que ha dejado su improvisado abanico encima del asiento de la mecedora y ha salido a la puerta de la casa al encuentro de la nada, una nada con eco de campana que anuncia muerte o gloria, según se mire, según se sienta.  Es un  hombre desposeído de  atributos especiales, al menos, su esencia, su sustancia,  es casi como la de cualquier hombre del pueblo, pero mejor educado, sabe que el dinero no hace educada a las personas, sino que, es lo vivido y lo aprendido quien da esa dignidad. Su existencia, es una vida engañosa, pero es suya y solamente suya, aunque las malas lenguas de algunas vecinas, ya habían avisado de que,  Santos, “cosía para la calle” y que “lo mismo es botón que ojal” o que era “más tierno que las cañas del Ventorro”. Son  maneras educadas y disimuladas de  llamarlo afeminado,  marica, maricón, homosexual, gay. Siendo  de buena familia su educación es exquisita, había aprobado con un sobresaliente  el Bachillerato Superior en el Colegio de los Jesuitas en Villafranca. Siempre pensó que a nadie tenía que justificar nada de lo que hacía y deshacía, y menos algo tan íntimo como es la condición sexual o sus gustos entre las sábanas. Ni tan siquiera a su “santísima madre”, si volviera a la vida se atrevería a hablarle de ese tema.  Desde siempre, recuerda haberse distraído haciendo suposiciones, o imaginando miradas y encuentros  con otros hombres,  ocasionalmente, con un poco de suerte, había disfrutado de algunos comportamientos que él censuraba y juzgaba que eran  equivocados, iban en contra de los establecido por la moralidad de los demás. Esta conducta le causaba remordimientos de conciencia, para consolarse pensaba: “...el que esté libre de pecados que tire la primera piedra”, y se le pasaba el enfado consigo mismo.

     Sin prisas, baja la calle hasta llegar a la plaza.   

    一 Con suerte el estanco estará abierto y no tendré que entrar al bar a  comprarlo en la máquina, a esta hora estará lleno de gente tomando el café de la tarde, o cubatas… Sólo voy a comprar una cajetilla de tabaco y no a dejarme mirar y remirar por chismosas y envidiosos de vidas ajenas. Cuando enciendo un cigarrillo se aplacan mis impulsos, es como si el humo me ayudará a calmar la ansiedad y el desasosiego al que  me enfrento desde que murió mi madre.  Esto de fumar no está bien, tengo que ir pensando en dejarlo, nunca he fumado tanto como últimamente. Son los nervios los que me provocan esta zozobra de sentir al humo subiendo y bajando a mi alrededor,  entrando y saliendo de mi boca y de mi nariz.

    Estas justificaciones las murmuraba en silencio mientras miraba hacia un lado y otro, como ansiando no ser visto, ni ver, a nadie.

    一 ¡La gente no es tan buena como aparenta, me decía mi pobre madre!!

    Hace tiempo que se dió cuenta que, cuando llega a un sitio y hay gente, parece inevitable que alguien haga algún comentario dirigido a él, o una mirada, algún gesto, normalmente despectivo, pero simulado. Tuvo suerte, el estanco está abierto y sin clientela que le hiciera esperar, además la Señora Micaela, la dueña y  dependienta, a pesar de estar ya jubilada por viudedad,  no es de las que tiene hacia él, ni un mal ademán, ni mala opinión. Santos, siempre tuvo una especial consideración, incluso devoción, hacia ella y hacia su marido. Algunas  veces pensaba en la tristeza que tenía que tener ella y su marido, quizás más que una tristeza, lo que sentían era  desconsuelo, o un quebranto que debían sobrellevar… “Si Dios no ha querido darnos hijos, sus razones tendrá…” o un:  “no hay mal que por bien no venga”,  Es lo que, para conformarse,   pensaba el matrimonio. Algunos, puede que los menos allegados a sus sentimientos, cuando querían herirlos les “sacaban a relucir” el tema de la descendencia y la pena de no tener hijos y,  terminaban clavando en la conversación el refrán cruel de:  “Duelos con pan, son buenos de llevar”. En los pueblos pequeños… Ya se sabe… todos saben todo de todos. 

    Santos, cuando pensaba en el marido de Micaela, Arturo, siempre lo presintió como un hombre tierno,  sutil… un hombre de seda. En alguna ocasión pensó que Arturo, Don Arturito, como, con cierta burla y desprecio, lo llamaban algunos vecinos, sin duda por pura envidia, porque era un hombre con propiedades y un buen capital, era como él. De su misma condición sexual… ¿sería esa la causa por la que no tenían descendencia?.  También se habló en el pueblo, principalmente  entre los hombres ociosos que se reúnen cada día, cada hora, cada minuto… en el banco que hay frente a la puerta del ayuntamiento, que está ocupado todo el día por  esos sastrecillos que, sin tijera propia y sin hilos, cortan y cosen trajes y mortajas, que lo de Arturito y Micaela era un matrimonio de conveniencia. Pensó que el tiempo debe ser sordo, que ni oye ni escucha a los aguaceros silenciosos, ni al aire volviéndose polvareda en las esquinas vacías, o llenando los rincones de la Plaza de papelitos y envolturas brillantes de caramelos que fueron azúcar antes de ser vendidos en el estanco de Micaela.  Estos diputados o, “esos” vecinos, que el único escaño que tienen  es prestado, y  es el banco de hierro y madera  frente al ayuntamiento, piensan que para Arturo, Don Arturito, la noche, siempre le llegaba brotada en trigos amarillos de tanto verde pasado, que viene con sus cenizas de sangre, vestida de vientos que apresan besos perdidos de enamorados y amantes tristes y soñadores del perfume de otros hombres. Santos está seguro de que a alguno de ellos le hubiese gustado sentir en la nuca el calor del aliento de otros hombres, o en su cara el olor al jazmín del patio de Micaela y Arturo…  El jazmín, flor insignificante, pequeña, de corona blanca, tan blanca como las sábanas del ajuar de Micaela y que, Arturo, con toda seguridad, no llegó a estrenar. 

    Los jazmines… estrellas blancas en el cielo verde y fresco del patio de Micaela. Después de muerto Arturo, estuvo  más de un año sin regarlo pero, aún así,  brotó y  su cielo verde y se sembró de estrellas blancas, como antes, como siempre.

    Doña Fermina, siempre pensó, y así se lo insinuó a Santos en una ocasión en la que hablaron de ella, que la Señora Micaela, había nacido a destiempo, porque su mentalidad era más avanzada que la que le correspondía por edad y mucho más si se comparaba con la de las mujeres del pueblo.  Ahora, que se acuerda de aquella conversación, se explica algunas cosas, como por ejemplo que cuando Micaela dió por terminado el luto por la muerte de  Arturo,  una prima lejana, “quizás muy muy lejana”, se viniera a su casa, a vivir con ella… pero, claro, como eran dos mujeres, en el pueblo ni se vió mal ni bien… A la semana todo estaba normalizado y Carmen, ” la prima lejana” era una vecina más, que aprendió a despachar tabaco y chucherías en el estanco de Micaela.  Ni los “señores diputados” del banco de la plaza se atrevieron a decir, ni a comentar “ni pío”, temerosos de la posible represalia de Micaela, porque decían que “los tenía bien puestos”

    Después de la muerte de Arturo, imaginó a la Señora Micaela llorado agua en un tazón de loza blanco,  sacando un puñado  de estrellitas blancas del fondo del bolsillo fresco del su oscuro delantal de viuda que convierte en barcas de velas blancas, ancladas al agua del pequeño mar dulce del tazón. Por un momento, Santos, duda si lo que ha imaginado, ha sido porque antes lo ha leído en algún sitio, o lo ha visto a los pies de la Virgen de la Cruz… o porque se está haciendo, sin saberlo,  poeta. Sabe que la Señora Micaela repite cada mañana de primavera, y cada tarde de verano, el mismo ritual: recoge las estrellas blancas del cielo verde del patio, que la luz de plata de la luna visita cada noche y preñar de nieve el palio verdoso mientras que el aire mece los momento felices y los recuerdos, con vaivenes  suaves, como quien sopla para apagar el triste pabilo de la vela. Nuevamente piensa lo mismo, que si lo que acaba de pensar, lo ha leído en algún libro o ha bajado un ángel y se lo ha dicho al oído.

    一 Mi pobre Arturito, recordaba Micaela, siempre descansaba apoyando su barbilla sobre los nudillos de los dedos de sus manos y, éstas, descansaban abrazando el puño redondo  del bastón. Siempre con la mirada perdida y siempre, mirando sin mirar, a vecinos de género masculino que pasaban por la puerta del estanco, nunca entraban. Recordaba, también, otros momentos  menos amables…  el de las balas silenciosas y cargadas de sangre que le amenazaron cuando de Arturo pasó a ser Don Arturito, fue engañado como al niño que se le da un caramelo a cambio de un beso, lo nombraron alcalde del pueblo, alcalde comunista en tiempos de guerra civil. Autoridad que huyó saltando tapias y muros, corriendo y gateando por los tejados, llegando con el corazón en un puño a las alamedas de chopos en la rivera y taparse con las hojas caídas, se escondía entre ellas y el frío suelo para que no lo mataran los del otro bando. Pobre Arturo, pobre Micaela.

    En una ocasión, mientras esperaba la vez en el estanco “la prima lejana”, Carmen sorprendió a Santos mirando con preocupación a Micaela,  se le acercó y susurrando  le dijo:

    一 Los jazmines siempre huelen a pasado.

    En esta ocasión, Santos, supo qué contestar, y también susurrando, dijo a Carmen:

   一 El jazmín es un lamento blanco y furtivo del olor a puestas del sol.

    Micaela a veces se refugia en el recuerdo de una sobrina que se le murió joven, o en el de su cuñado Julio, que huyó a Francia porque en el pueblo decían que era como su hermano Arturito, también maricón. Se imagina ilusiones, como la de creer que en los patios de su vecindad los jazmines son más grandes  y huelen más y mejor que los suyos. Los pocos familiares  que les queda, viven en Cataluña y están siempre prisioneros en sus labios, son los nombres que todos los días, se hacen  mariposillas que aletean en su recuerdo y en su imaginación, se encoje de hombros, mira al cielo o al techo y sonríe a Carmen. 

  

----------------- continuará.


viernes, 14 de marzo de 2025

EL COLOR BLANCO - CASI AZUL- DE LOS NENÚFARES BLANCOS.

  POR FIN HA VISTO LA LUZ MI NOVELA. LA HE ESCRITO SIN PRISAS, DISFRUTANDO DE CADA ADJETIVO,  CADA VERBO Y CADA COMA.

RECUERDO QUE TODO EMPEZÓ EN ESTE BLOG AL ESCRIBIR UN RELATO QUE PRETENDÍA SER UN HOMENAJE MODESTO HACIA ALGUIEN,  HACIA UNA MUJER QUE FUE TODO UN "PERSONAJE"  EN LA COTIDIANIDAD DE UN PUEBLO PEQUEÑO COMO USAGRE, DONDE TODOS -POR UNA RAZÓN U OTRA- NOS CONOCEMOS Y SOMOS CONOCIDOS.

CREO QUE FUE EN EL 2013 CUANDO BAJO EL TITULO "SEIS MONEDAS" NACIO ESTA HISTORIA QUE HA TERMINADO CONVIRTIENDOSE EN NOVELA. EL RELATO HA CRECIDO... HASTA EN EL TITULO.


DESEAR UNA BUENA LECTURA A AQUELLOS/AS QUE OS ATREVAIS A PASAR UN RATO CON DON LUCIO Y CON MUCHOS OTROS PERSONAJES QUE FORMAN PARTE DE "MI" MEMORIA Y QUE SU RECUERDO ME COMPLACE, RESPETO Y QUIERO PONER EN VALOR.

SI ALGUIEN QUIERE, PERO NOSABE COMO, CONSEGUIR LA NOVELA EN ESTAS DOS DIRECCIONES  LA PUEDE COMPRAR Y SE LA MANDAN A CASA. O SI NO ME MANDAS UN WASSA, CON CORREO O UNA LLAMADA (Y ASI CHARLAMOS) Y YA ME ENCARGO YO DE QUE  LA PUEDAS LEER.

https://aliarediciones.es/autor/lalo-barra/
https://aliarediciones.es/libro/el-color-blanco-casi-azul-de-los-nenufares-blancos/

TENGO PREVISTAS PRESENTACIONES EN USAGRE, VILLAHARTA Y BELMEZ.

SALU-2.



miércoles, 16 de octubre de 2024

LA LETANIA DE MARIA. (Relato finalista en el VIII Certamen de Relatos de la FUNDACION FOMENTO HISPANIA)

Al fondo del salón de estar, sentada en uno de los sillones frente a la
ventana, anclada a un asiento que, en alguna ocasión, soñó con ser banco de
parque, taburete de bar, sillín de bicicleta loca, butaca roja de cine o teatro, o trono
tapizado con falso cuero. En la cristalera los visillos se mueven, se contonean con la
caricia que trae y lleva el viento, y como si tuvieran alma, sus hilos bailan al compás
de la música improvisada por María. Se entretiene tarareando no se sabe bien qué
canción, o qué cuplé, siempre la misma, a cualquier hora, en cualquier momento. A
ella siempre le suena como si la tarareara por primera vez. Alguien opina que es un
bolero que tiene algo que ver con el desamor de un marinero y un tatuaje. En otras
ocasiones se deja llevar por la liturgia fastidiosa del silencio, o reza una letanía
larga, lenta, interminable, a la que nadie contesta con un “ora pro nobis”:

 

- El tiempo se burla de las voces del pasado, invade las sombras, se cuela en
los recuerdos, y se marcha convertido en olvido.
- El tiempo convierte sentimientos en recuerdos, los rostros se pierden, los
nombres se olvidan, las estampitas de santos valientes y vírgenes guapas se
desdibujan.
- El tiempo arrastra consigo latidos, miradas y fe. Te arrastra, y cuando
despiertas ya es tarde, olvidas que olvidaste.
- El tiempo no espera, no llora, engaña, entierra, desgarra, arrincona,
esconde, acorrala, se hace soledad.
- El tiempo sigue su camino sin mirar ni hacia atrás, ni a su izquierda ni a su
derecha, ni tan siquiera al presente.
- El tiempo deshace los recuerdos, es sal o azúcar en el agua de la vida,
borra las huellas, hace que el mar de la memoria rebose de sus playas, transforma
los corales en abismos y en precipicios repletos de los peces del miedo.
- El tiempo solo sirve para olvidar.

 

Como todos los sábados y domingos el sillón de al lado lo ocupa Antonio, su
marido. Su visita es un recital de poemas. Cada mirada a María es un verso nuevo
escrito en una antigua, lejana y casi olvidada vida. Antonio le coge la mano, le da
un beso en la frente, la mira, se mira en sus ojos. María, sin decir nada, va
hilvanando las sombras a su olvidada memoria. Un ligero temblor entre sus dedos le
dice a Antonio que aún lo recuerda, que aún lo quiere, que aún forma parte de la
hebra con la que cose y descose su historia. Lo mira, se deja acariciar por aquellas
manos sensibles y delicadas. Sólo él consigue robarle algunas sonrisas sin
lágrimas.

 

Al fondo del salón, frente a la ventana, cuando los visillos están descorridos,
juegan a sembrar en el aire conversaciones en voz muy baja, casi cuchicheando,
María, lo mira como si lo conociera de toda la vida:
- Mira aquella nube. ¡Mírala! Parece una mujer preñada.
- Sí. ¡Mira aquella otra! Tiene la forma de un elefante de espuma.
- No, no, es un caballito de humo. ¿No ves que no tiene trompa?

 

Alguien tose repetidamente y, como alertados por cantos de sirenas, María y
Antonio, también Tomás, Felisa... y 10 o 12 octogenarios más giran la cabeza, fijan
la mirada en el carrito empujado por una joven con uniforme y delantal blanco, muy
blanco, tan blanco como la antigua inocencia de quienes con su mirada parecen
empujar al carrito hasta el centro del salón. Es un barco, también, de velas blancas
que llega al puerto, o un barquito frágil de papel fondeado al filo de la memoria que
trae los zumos, el vaso de leche, el paquetito de galletas María y algunas frutas de
temporada. Los sillones van lentamente cambiando de rumbo, sin necesidad de
brújula ni rosa de los vientos que se lo marque. Es el ritual que se repite diariamente
a las cinco de la tarde, hora en la que reciben la visita de algún familiar. Liturgia
diaria que apenas dura lo que una misa rezada. Después la rutina vuelve a ser la
zarza que todo lo ata. El silencio vuelve a pasearse entre ellos, sus bocas
enmudecen a la vez que vuelven a abrir los ojos del alma para suponer, para
imaginar, para ir dejando poco a poco de vivir.

 

Con la ternura de la niña que viste y desviste a su primera muñeca, María,
coge la mano de Antonio, le dice:
- Mira, mira... ¿A qué se parecen aquellas sombras?
- No, no son sombras, son trocitos de papel de seda que bailan en la luz
apagada de la tarde.
- ¡Qué bien hablas! Pero no, son nubes.
- Son las sombras de poemas escritos en el viento para que vuelen libre
entre el azul y la nada.
- Qué bien hablas. ¡Me das tanta envidia!
Sentado al lado de María, Antonio espera que el milagro de la virgen de la
estampita de cartón logre cambiar su muerte en vida.
- Dame la mano. ¡Dámela!
- Ya sé, ya sé. Me quieres dibujar un corazón en la palma de la mano.
- Sí, un corazón de amapolas rojas, un corazón de hojitas de laurel y
cascarita de limón.
- ¡Que bien huele tu corazón!

 

El tiempo convierte sentimientos en recuerdos. Los rostros se desdibujan, se
difuminan, son de niebla, los nombres se olvidan, arrastra consigo los latidos, las
miradas, las horas, la vida.
Y así, como una letanía, pasan las horas para María.

lunes, 9 de septiembre de 2024

SIN AVISAR.

    Miraba fijamente a la pared, dijo que buscaba nardos dibujados en el blanco de la cal. Se acercaba y recorría la superficie lisa y blanca con sus dedos, los movía en círculos y de cuando en cuando detenía su mano y apuntaba con el índice a aquel lugar, se le alteraba el animo y exclamaba: "aquí hay uno, está aún cerrado, pronto comenzará a salpicar al aire con su olor dulce, con es aroma triste a alas de las mariposas de los gusanos de la seda". Siempre decía lo mismo.

    Una tarde, cuando la luz se duerme en el horizonte y se arropa con los colores de la noche, la pared blanca se tiñó de un color oscuro casi negro: del agua cuando es profunda y fría, del dolor cuando te despierta del sueño, del miedo a pasillo de hospital, de violeta marchita a los pies de cualquier virgen guapa... Si, el color del dolor es casi negro,  agrio como el vinagre y triste como una vela apagada. El color de los nardos de dolor es casi negro, casi insultante, como el de la muerte que no llega, como el de la agonía de la esperanza, solo lo ven los poetas y lo que se sienten peregrinos en caminos sin brújulas ni nombres.  Aquella pared dejó de ser varita de nardos blancos, de ser cal limpia de tan blanca para hacerse adobe de barro y ceniza que arrastra el viento de esos incendios interiores que se intentan disimular, o tal vez apagar con alguna lágrima o un rosario de suspiros.

    Nuevamente abrió los ojos y casi a gritos le dijo al silencio, al suyo que le envolvía y al mio que me rodeaba, que ya no buscaba nardos dibujados en el blanco de la cal, que ya era mayor y que había dejado de ser poeta, que ahora era marinero, que su pared era un mar azul y verde, un tornasol trasparente donde navegar sin herir ni sus dedos ni sus sueño.

    Continuó mirando la pared hasta que el color blanco se difuminó en un suspiro largo largo que le enmudeció lentamente. Un sueño -sin color y sin dolor- lo arropó con  abrazos de cal,  de sal y caracolas de nácar y algas de caramelo.

Llegó y se fue sin avisar, como la fe y la gloria de Dios. Amén.


(Los NARDOS sin olor son simples flores, tristes y casi blancas, puestas en fila en una varita verde y quebradiza).







viernes, 30 de agosto de 2024

Rosas rosas a la espera de agua.

     No espero que llegue el agua y mientras bordo rosas rosas, las pinto con hilos de pintura, con hilos de tinte y agua sobre la pared que, como una tela blanca, imposible de hacerse sábana, es capaz de ser muralla entre la calle y mi patio, una muralla bordada en punto de cruz.

    Otras veces, con el pincel en la mano y la mirada del corazón puesta en el Cerro de La Solana, espero que llegue el agua, hasta rezo por ello mientras voy llenando los miles de cuadritos con las miles de equis que el dibujo me demanda. Es un juego, la rosa parece que se mueve, lo hace al compás de la música trasnochada que va y viene entre el aire y el sofoco de la calle, 34 grados a la sombra.

    Sí, espero que llegue el agua. Algún vecino me pregunta si terminaré de dibujar rosas antes que las tormentas sean las que desdibujen el azul cielo. Yo pienso: ...que lleguen, que lleguen y traigan agua bendita, o que venga  un chaparrón en pecado...

  Que llegue el agua aquí la espero. Así tendré la certeza de que mis rosas serán tan inmarcesibles como la rosa de "El Principito".


sábado, 15 de junio de 2024

Reflexión. ¿Rezar es Hablar con Dios o es Escuchar a Dios?


!Avanza!

Y si la tierra que buscas

aún no ha sido creada, Dios hará brotar para ti

de la nada

otros mundos

que justifiquen tu audacia.

(Schiller)

Cuando las tardes de verano se hacen siesta, ensoñación o cabezada a la sombra del moral, es el momento en que los recuerdos se hacen agua de manantial y bullen como las flores del almendro cuando llega el mes de Marzo. En ese momento pienso que Dios se aleja en silencio, o que se marchó a otro de sus mundos a esconderse tras un silencio sospechoso de cansancio y decepción.

Son momentos para aprender, para entender, para comprobar que “la gracia” de nuestro hoy es la suma de nuestras incertidumbres, del inconformismo conformista , de los temores propios y ajenos que nos asaltan. Son estas “visiones espirituales” las que, aún sin ser conscientes de ellas, nos hacen buscar la savia vigorosa, la sangre roja y luminosa de nuestro pasado y de las vivencias, -las vividas y las soñadas- la experiencia. Si estamos atentos caemos en la cuenta de que todas estas circunstancias, situaciones -y quizás ensoñaciones- son la semilla de nuestro futuro. Es sin duda una bonita oración que Dios, desde detrás de su ausencia y silencio, agradece devolviéndonos el regalo de la tranquilidad de conciencia, la serenidad de espíritu y la calma del agua cuando nos refresca la boca y el alma.



“... Si quieres aprender a rezar, hazte a la mar”.

El mar. La mar hace feliz a quien le permite que su inmensidad se le refleje en la mirada. El mar es la imagen y la presencia del infinito más cercano. Respira con suavidad aún con la inquietud de las cansinas olas, la desmesura de sus tempestades, los enfados de sus galernas. Si nos dejamos llevar por su aire escuchamos como el universo nos habla de la vida, de la gratitud efímera de la belleza -el castillo de arena- del miedo y la fuerza oscura que habita en sus profundidades -laberintos sin puerta de salida-. El mar es como la eternidad en movimiento que nos habla y nos hace pensar en fragilidad de nuestro cuerpo y de nuestra existencia prestada. Nos invita a caminar hasta su horizonte para que, incrédulos o asombrados o enloquecidos, comprobemos que tras de él hay otro horizonte por alcanzar. ¿O es el mismo horizonte el que huye de nosotros y se nos hace a cada paso mas lejano? El mar pone profundidad al alma que tenemos escondida no sé donde, y pone luz y tiniebla a la vez, atracción y espanto, vida y muerte. Es un camino de agua donde podemos exaltarnos como la ola arrogante y poderosa o agotarnos como el brillo de la luna cuando en el horizonte deja de brillar la ultima estrella.

“... Sin duda eso de rezar es un arte, pero hablar con Dios un privilegio”

El hombre libre siempre amará al mar. Salgo al encuentro de islas, de tierras lejanas y veo , o presiento, o sueño cómo hasta mi llegan sentimientos, emociones, sensaciones, pensamientos, ilusiones desconocidas, un presente incierto y un futuro aún más. Pienso, me pregunto, me respondo y en todo ese subir y bajar de emociones, dudas y sentimientos aún no estoy seguro del poder tiene la oración. Algo me dice que en próximo viaje a Tierra Santa sentiré en mi alma el frescor de su presencia, porque en este momento Dios -desde su silencio-me habla con voz de agua y sal... Intento aprender a escuchar porque  ¿reza El o rezo yo?