miércoles, 16 de octubre de 2024

LA LETANIA DE MARIA. (Relato finalista en el VIII Certamen de Relatos de la FUNDACION FOMENTO HISPANIA)

Al fondo del salón de estar, sentada en uno de los sillones frente a la
ventana, anclada a un asiento que, en alguna ocasión, soñó con ser banco de
parque, taburete de bar, sillín de bicicleta loca, butaca roja de cine o teatro, o trono
tapizado con falso cuero. En la cristalera los visillos se mueven, se contonean con la
caricia que trae y lleva el viento, y como si tuvieran alma, sus hilos bailan al compás
de la música improvisada por María. Se entretiene tarareando no se sabe bien qué
canción, o qué cuplé, siempre la misma, a cualquier hora, en cualquier momento. A
ella siempre le suena como si la tarareara por primera vez. Alguien opina que es un
bolero que tiene algo que ver con el desamor de un marinero y un tatuaje. En otras
ocasiones se deja llevar por la liturgia fastidiosa del silencio, o reza una letanía
larga, lenta, interminable, a la que nadie contesta con un “ora pro nobis”:

 

- El tiempo se burla de las voces del pasado, invade las sombras, se cuela en
los recuerdos, y se marcha convertido en olvido.
- El tiempo convierte sentimientos en recuerdos, los rostros se pierden, los
nombres se olvidan, las estampitas de santos valientes y vírgenes guapas se
desdibujan.
- El tiempo arrastra consigo latidos, miradas y fe. Te arrastra, y cuando
despiertas ya es tarde, olvidas que olvidaste.
- El tiempo no espera, no llora, engaña, entierra, desgarra, arrincona,
esconde, acorrala, se hace soledad.
- El tiempo sigue su camino sin mirar ni hacia atrás, ni a su izquierda ni a su
derecha, ni tan siquiera al presente.
- El tiempo deshace los recuerdos, es sal o azúcar en el agua de la vida,
borra las huellas, hace que el mar de la memoria rebose de sus playas, transforma
los corales en abismos y en precipicios repletos de los peces del miedo.
- El tiempo solo sirve para olvidar.

 

Como todos los sábados y domingos el sillón de al lado lo ocupa Antonio, su
marido. Su visita es un recital de poemas. Cada mirada a María es un verso nuevo
escrito en una antigua, lejana y casi olvidada vida. Antonio le coge la mano, le da
un beso en la frente, la mira, se mira en sus ojos. María, sin decir nada, va
hilvanando las sombras a su olvidada memoria. Un ligero temblor entre sus dedos le
dice a Antonio que aún lo recuerda, que aún lo quiere, que aún forma parte de la
hebra con la que cose y descose su historia. Lo mira, se deja acariciar por aquellas
manos sensibles y delicadas. Sólo él consigue robarle algunas sonrisas sin
lágrimas.

 

Al fondo del salón, frente a la ventana, cuando los visillos están descorridos,
juegan a sembrar en el aire conversaciones en voz muy baja, casi cuchicheando,
María, lo mira como si lo conociera de toda la vida:
- Mira aquella nube. ¡Mírala! Parece una mujer preñada.
- Sí. ¡Mira aquella otra! Tiene la forma de un elefante de espuma.
- No, no, es un caballito de humo. ¿No ves que no tiene trompa?

 

Alguien tose repetidamente y, como alertados por cantos de sirenas, María y
Antonio, también Tomás, Felisa... y 10 o 12 octogenarios más giran la cabeza, fijan
la mirada en el carrito empujado por una joven con uniforme y delantal blanco, muy
blanco, tan blanco como la antigua inocencia de quienes con su mirada parecen
empujar al carrito hasta el centro del salón. Es un barco, también, de velas blancas
que llega al puerto, o un barquito frágil de papel fondeado al filo de la memoria que
trae los zumos, el vaso de leche, el paquetito de galletas María y algunas frutas de
temporada. Los sillones van lentamente cambiando de rumbo, sin necesidad de
brújula ni rosa de los vientos que se lo marque. Es el ritual que se repite diariamente
a las cinco de la tarde, hora en la que reciben la visita de algún familiar. Liturgia
diaria que apenas dura lo que una misa rezada. Después la rutina vuelve a ser la
zarza que todo lo ata. El silencio vuelve a pasearse entre ellos, sus bocas
enmudecen a la vez que vuelven a abrir los ojos del alma para suponer, para
imaginar, para ir dejando poco a poco de vivir.

 

Con la ternura de la niña que viste y desviste a su primera muñeca, María,
coge la mano de Antonio, le dice:
- Mira, mira... ¿A qué se parecen aquellas sombras?
- No, no son sombras, son trocitos de papel de seda que bailan en la luz
apagada de la tarde.
- ¡Qué bien hablas! Pero no, son nubes.
- Son las sombras de poemas escritos en el viento para que vuelen libre
entre el azul y la nada.
- Qué bien hablas. ¡Me das tanta envidia!
Sentado al lado de María, Antonio espera que el milagro de la virgen de la
estampita de cartón logre cambiar su muerte en vida.
- Dame la mano. ¡Dámela!
- Ya sé, ya sé. Me quieres dibujar un corazón en la palma de la mano.
- Sí, un corazón de amapolas rojas, un corazón de hojitas de laurel y
cascarita de limón.
- ¡Que bien huele tu corazón!

 

El tiempo convierte sentimientos en recuerdos. Los rostros se desdibujan, se
difuminan, son de niebla, los nombres se olvidan, arrastra consigo los latidos, las
miradas, las horas, la vida.
Y así, como una letanía, pasan las horas para María.