¡Qué recuerdos tía Esperanza!
¡Luis sujeta bien la burra que me voy a montar... que me voy ya... que son las tres y media de la madrugá y Bienvenida no está tan cerca como parece!
La madrugada era la manta en la que Esperanza se acurrucaba. En verano los caminos estaban contentos, mas gente iba y venía por ellos aunque fuese madrugada y las estrellas parecían jugar al escondite. En Invierno era el susurro del lobo el que se escondía entre los olivares entre el Ventorro y la estación del tren. El camino era largo, casi quince quilómetros hasta llegar a la puerta del mercado, elegir puesto entre los que quedaban libres y descargar las cestas para enseñar y vender lo que la tierra de la huerta, el agua de la rivera y el esfuerzo de Luis parían cada día, cada noche... cada hora. Algunas madrugadas no hacia el camino sola, se unía a algún vecino hortelano que llevaba el mismo camino y el mismo encargo: hacer una buena venta. Era entonces cuando el viaje se convertía en procesión y el miedo se disipaba. Ademas de la charla propia de: ¿Tú qué llevas hoy para vender...? o la respuesta: llevo unos patatas blancas buenísimas, se intimaba, se contaban preocupaciones y hasta se rezaba por alguien que sabían que lo estaba pasando mal. Las estrella ponían la hora en el cielo y la luna cernía la luz para que la burra no tropezara.
A la vuelta, sobre las dos de la tarde, la silueta de esperanza se recortaba bajando la cuesta del Molino Viento. Impaciente esperaba que cruzara las cancillas de la huerta. Me esperaba a que el tío Luis descargara de los serones las cestas con las cuatro lechugas que no se habían vendido. Luego, Nina, sacaba de taleguilla blanca del pan un chupa-chup, algún caramelo o una perrunilla... No necesitaba preguntar si me traía algo, sabía la respuesta pero no el qué y eso me causaba una sensación agradable que, al menos dos o tres días a la semana, me gustaba sentir.
Luis no sabía hacer otra cosa más que cultivar la tierra, hacer cestos con mimbre fresca y esperar a Esperanza cada día que iba a vender a Bienvenida. Fue un hombre bueno, siempre al lado de Esperanza como si se tratase de su sombra. Tuvieron un hijo que los mismos ángeles, los que le trajeron el cuadro de la niña dormida, se llevaron antes de que empezara a respirar.
No, los ángeles no son malos... solo obedecen.
En tu casa era el olor de los melocotones frescos y el de la maceta de albahaca el que volaba cuando entraba el aire fresco por el postigo de la puerta del corral y, jugando jugando, hacía que se meciesen las cortinas, sí, esas que ni son azules ni grises y llevan don rayas blancas por abajo. Seguro que las compró en Bienvenida después de una buena venta.
Gotitas de agua, gotitas de rocío, lágrima de ángel triste revoloteando alrededor de Esperanza.
Sentada debajo del nogal, el de su huerta, el que tiene ramas que estorban el paso de tractores y cosechadoras y que terminaran arrancado, arrancado como Esperanza de la tierra de su huerta, de la orilla de la rivera, de un Tagareta cada vez con menos árboles y mas berros.
!Madre déjame pensar! !Hermano Fulgencio llévame en tu carro por las viñas del Raposo!
!Nina, Nina!... !He oido cantar a un grillo real al dado de aquel jaramago!
Ya no hablas sola, ni a solas. Ahora hablas para ti. Te ríes de lo que te da la gana y haces bien. Te vuelves a sentar donde estuvo el nogal, o donde está el moral de Fulgencio, y sueñas despierta, imaginas las oropendolas negras y amarillas yendo y viniendo con yerba buena en sus picos, a ruiseñores mudos, a jilgueritos en sus nidos, y a tus cuatro gallinas las convierte en pavos reales.
El susurro de los ángeles revolotea entre el negro de tu pañuelo de cabeza y el blanco de tus sábanas. No llores. Luis está a tu lado y tu hijo es el ángel que cuida el sueño de la niña y la muñeca dibujada en tu cuadro de cabecera.
!!Te lo debía tia Esperanza!!




